Hace unos días me encontraba cerca de la laguna de Mess-End Gerd y casualmente encontré a Lord Walt. Lord Walt y yo compartimos un romance torrido pero, breve. Incluso surgió la posibilidad de casarnos pero, el no pudo controlar su debilidad por las cortesanas y eso entre otras cosas inició el final de nuestra relación.
Sin embargo al hablar con él dejamos de lado viejas rencillas y quedamos como amigos. Incluso le he prometido hacer lo que se encuentre al alcance de mi mano para ayudarle a cruzar la laguna. Dicen que la hierba siempre es más verde al otro lado y espero que el logre cruzar para comprobarlo.
Al verlo nuevamente recordé porque me había enamorado de él. Sigue siendo tan guapo como entonces pero, además mucho más maduro lo cual le da un bonus de +10 a encantar doncellas que sueñan con ser fieras guerreras. Esto no significa que he dejado de amar a Sir Darrell, simplemente es que a veces me gusta tanto añorar.
Esta vez fallaron con los números, así que la lotería tendría que esperar. La Pucelle estaba cada vez más ausente desde que la otra Juana se llevó la espada. Oía acerca de sus logros en las batallas e incluso imaginó estar en Orleans guiando a los ejércitos del Delfín. Lamentablemente las líneas de las palmas de sus manos se habían extendido por regiones que ella desconocía y ahora se veía prometida a un hombre al que apenas había visto una vez y que la llevaría a vivir a sus tierras, muy lejos de su hogar.
La Pucelle mientras tanto seguía cazando dragones imaginarios y cabalgando sobre ellos mirando a, los pobres y simples humanos desde su refugio entre las nubes. La Pucelle era feliz mientras se encontraba allí descansando luego del festín junto a sus tesoros obtenidos tras derrotar al feroz Ytrenorg, el Implacable. Ahora sus posesiones eran suyas y estaba pensando en comprar una isla e instaurar un imperio. Quizás lo llamaría Utopía y cambiaría al mundo.
Un grito estremecedor hizo volver en si, a La Pucelle. Su madre la llamaba para probarse el vestido. A ella se le hizo pesado cual mortaja y era exactamente eso lo que resemblaba. Su armadura de mallas era mucho más liviana. La escondía en el granero junto a los cuartos de los criados y se la solía poner cuando batallaba contra las fuerzas de la oscuridad.
Definitivamente era ella la que debía quedarse con la espada y no la otra. Quizás hablar con Sir Andrew le haría volver en si. Eso o una sesión de tarde sumergida entre las marionetas de Tim, el titiritero. Le gustaban esos relatos llenos de oscuridad e historias poco convencionales. Quizás algún día podría visitar esos lugares y librar a Sleepy Hollow de su maldición.